[Columna POR UN PAR DE CUADRAS
Prensa Nikkei - Lima]
¡Más de 100 mil personas! Cuántos años tienen los postes de Jirón de la Unión; un tipo llamativo está parado frente a una de las antiguas galerías, con bolas de metal debajo de la piel totalmente tatuada… como que dejó de tener apariencia humana, por lo menos con la que todos nacemos; una chica, de 19 ó 20 años, ofrece… tarjetas para celulares prepago. Otros gritan a través de un micrófono las ofertas de ropa china y zapatos de cuero nacional, y a lo lejos un cursillo de inglés en cd´s.
Cuántos años más tendrá la Plaza San Martín y la Plaza Mayor y cuántos millones de pasos habrán gastado sus tantas veces remodeladas veredas. Y el Hotel Crillón, cerrado, se yergue imponente en la Av. Tacna pero oscuro por el hollín. El Centro Cívico, de color sucio, alto y arqutectónicamente esbelto, contiene oficinas estatales en el lugar donde originalmente estaba La Penitenciaría de Lima (construída en el siglo 19 por mandato del presidente Ramón Castilla).
El Palacio de Gobierno era una construcción de un sólo piso y su plaza tenía una pileta rodeada por árboles. Antes el Jr. Carabaya se llamaba Calle de la Coca y Bodegones; la Casa Osambela (en el último jirón antes de cruzar el río) era muy parecida a la de hoy pero con puertas para atención a la calle en vez de ventanas.
La fachada de la Iglesia de Santo Domingo mostraba sus ladrillos y argamasa tal como fue construida. El Puente de Piedra, antes de ser remodelado, tenía barandales de concreto que tomaron la forma de sus mismos cimientos (como cuchilla por un lado para cortar la arremetida del agua y medio círculo por el lado contrario para crear una corriente envolvente alrededor del cimiento y evitar así un desgaste mayor).
La ribera del río Rimac, frente a Palacio de Gobierno, era una alameda que dio paso a la Vía de Evitamiento. La Alameda de los Descalzos tenía pinos con más de 20m de alto. La Av. Nicolás de Piérola, hoy con sus edificios altos, hollín y asaltantes, estaba pavimentada con adoquines y las alturas no excedían de 4 pisos. Desde la Plaza Unión se veían los cerros del Distrito del Rímac como fondo a la estatua de Don José de San Martín. Parece onírico, parece una buena fumada… parece mentira de político.
LO QUE HOY TENEMOS
Y así muchas construcciones y monumentos se han ido restaurando, desapareciendo, mudando y a veces afeando con cada cambio en el sillón municipal.
Los problemas acrecentaron en esa época de la infundada violencia terrorista, con la migración masiva y descontrolada de personas de provincias a la capital, subiendo los índices de pobreza y por consecuencia la delincuencia, los maltratos familiares y la fricción urbana. La ciudad sufrió un incremento en el movimiento de personas que se movilizaban al trabajo y luego retornaban a sus casas y el centro histórico no fue excepción. El sistema de transporte público estaba saturado y el tránsito vehicular también porque no estaba planificado un crecimiento tan rápido además de no haber recibido el mantenimiento adecuado en los sistemas de iluminación y de semáforos.
Lo interesante de nuestro centro limeño actual es la transformación que está teniendo, con sus nuevos puentes, vías y alamedas, con su nuevo orden urbano que por decenios nadie se atrevió a imponer y el cuidado y restauración de fachadas de adobe y quincha y de esos gigantes balcones de madera que bien podrían ser una habitación más de la casa.
Cierto es que algunas construcciones deben ya derrumbarse porque ponen en riesgo la vida de decenas de personas que sobreviven el día a día en Barrios Altos, en las riberas del río, y un sin número de recovecos que alguna vez fueron simpáticas quintas y solares (hoy llamados corralones o ranchos, antecedidos por su mala fama) con diseño arquitectónico y construcción muy detallada… antes había tanto tiempo para hacer las cosas, tanto así que tallando una cama para alguna personalidad con mucho dinero, daba para vivir varios meses sin mover un dedo.
Y para comer, también hay historia. Queirolo y El Cordano son las tabernas más conocidas donde ahora se venden menúes. Con un vaso con vino entre paredes de adobe y vigas de madera, se pasa una tarde para después dar una vuelta entre la vejez y la melancolía con siglos de experiencia, que se dejan sentir en el centro de nuestra capital.
NADIE QUIERE IR
A un taxista le pregunto cuánto hasta Lampa, no voy dice. Está tan congestionado por las remodelaciones y por la cantidad de autos y buses que prefieren no consumir combustible parados en una docena de semáforos que arremeten cuadra a cuadra.
Hay que tener paciencia y esperar a que los alcaldes tomen buenas decisiones, porque una vez que sea así, el centro será indiscutiblemente peculiar con su mezclado y necesario progreso tecnológico entre marañas de cables de electricidad y teléfonos y balaustres de madera incompletos con uno que otro gallinazo.
Esperemos que no se pierda ese buen gusto por lo antiguo (no lo viejo) porque cuando en algún lapsus histórico, lo antiguo se arruina para dar paso a lo feo perdemos nosotros como humanidad, disque en pro de la modernidad. Caminemos por ahí, vigilando que eso nunca pase.

Escribe un comentario